Él levantó sus párpados, la miró con ternura y al terminar de besarla desplazó en forma lenta su cuerpo hacia atrás. Necesitaba tener un plano general de esta mujer menuda, que durante tanto tiempo cobró vida únicamente dentro de su casilla de mail.
Ahora estaba ahí. Sentada al frente suyo y se veía algo más pálida de lo normal. De apariencia en ocasiones segura, a él le resultaba más atractiva así, desnudando algún signo de vulnerabilidad. De tez blanca y cabello oscuro, sus ojos tenían esa extraña capacidad de mantener siempre una pregunta abierta.
Mientras el sonido continuo de los lavarropas no cesaba y el aroma a lavanda predominaba en el ambiente, ella pronunció su nombre en forma diminutiva y volvió a repetir:
– Esto no puede ser normal, ¿qué vamos hacer?
El tono de su inquietud sonó esta vez algo compungida y con un grado más cercano de complicidad.
Él se levantó del banco, la miró sin decir nada y recorrió el local para asegurarse de que estuviesen solos. Caminó hasta el ventanal  que daba a un patio interno y se detuvo a contemplar el contorno ondulado de sierras chicas.
A esa altura del día, la caída del sol era todo un espectáculo. El cielo de agosto parecía un paño de lienzo fino, teñido con la gama de los amarillos y magentas. Había llovido por la mañana y el viento norte acentuaba un poco más ese ambiente caluroso. Corrió entonces uno de los vidrios, respiró el aroma a tierra mojada y le sobrevino el recuerdo de su infancia feliz, jugando con sus hermanos en el patio arbolado de su casa materna.
– Es una vista preciosa, ¿verdad?, le dijo ella que no dejaba observarlo. Si apagarás la luz podrías disfrutarla mejor.
– Si, quizás sea demasiado para mí. Añadió él, con un dejo de nostalgia y tras una breve pausa, apagó la luz y volvió a contemplar aquella vista de cielo rojizo.
– A cuántas cuadras estamos de tu casa?, le preguntó.
– A menos de siete, respondió ella con una semisonrisa.
– Entonces esta vez vas a poder regresar caminando, dijo él en un intento de pasar por alto lo que estaban viviendo. Sin embargo, al mirarla, le sobrevino ese sentimiento oscuro de advertir que al regresar a su casa, la perdía de nuevo.
– Si, puedo regresar caminando, respondió ella algo más relajada.
Luego, se sacó sus argollas de plata y apoyó los pies sobre el banco de madera para desatar sus sandalias y quedar descalza. Él se acercó despacio, se sentó nuevamente frente a ella y filtró su mirada entre la hendija delgada que formaban sus muslos. El detalle de observar que no llevaba ropa interior volvió a excitarlo.
–¿No te parece que deberíamos poner a lavar este vestido rosa?, dijo él, mientras sus manos comenzaban a recorrer sus piernas. Ella se erizó por completo. Ambos se respiraron se desvistieron, volvieron a besarse y así, sentados uno frente a otro, protagonizaron una nueva escena más erótica y apasionada de lo que habían vivido al comienzo del día.
Sus cuerpos desnudos quedaron fundidos entre el aroma a lavanda, el sonido de los motores, el ritmo del agua y la espuma enjabonada que hacían girar los lavarropas.

 

 

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