– Estás helada, dijo él apenas pudo acercarse y envolverla en sus brazos. Necesitaba comprobar que todo seguía siendo real.
– Puede ser, respondió ella un poco destemplada, mientras se permitía apoyar la cabeza en su pecho y dejarse llevar por el sonido grave de su corazón.
– Carlitos! Dijo él en un tono de camaradería, apenas lo vio. Te agradezco tanto que la hayas acercado. Te debo una.
– No me debés nada, respondió el hombre de ojos achinados, vestido con un traje color gris. Tómense su tiempo. Voy a aprovechar para comprar algo de comer. Después vemos qué decimos en el Noticiero, añadió en un tono de complicidad, mientras se alejaba discreto.
– Si no fuese por Carlitos, no estaría aquí, dijo ella mientras lo veía mezclarse entre el tumulto de la gente.
– Lo sé, dijo él. Vamos a tomar una café y conversemos tranquilos ¿Querés?
Ella asintió con la mirada y comenzaron a caminar juntos. Sin poder evitarlo, se perdió en el detalle de observar sus zapatillas de gamuza y ese andar presuroso de sus pasos, mucho más largos que los suyos. Sonrió al recordar que él caminaba con los pies hacia afuera. En siete años era la tercera vez que caminaban juntos. Si no fuese por su altura sería igual a un pingüino, pensó ensimismada, mientras él ingresaba a la cafetería de planta alta, pedía un par de cortados y elegía una mesita para dos, pegada a los ventanales donde se podía contemplar la silueta nítida de la luna, tras la llegada o el despegue de cada vuelo .
-Mi avión sale en una hora, le recordó ella y estiró su vista para observar el alistado de los aviones, sobre aquella pista de aterrizaje.
¿Sabés?, –dijo ella como quien desnuda un pensamiento en voz alta–, cuando llegamos al aeropuerto, Carlitos se ocupó de resolver casi todos los detalles de mi regreso. Me doy cuenta de que se trata de un hombre especial. Mientras estaba en el Noticiero, me sentí desesperada. Bajé por el ascensor y llegué casi corriendo hasta la playa de estacionamiento. Carlitos me observó de manera cauta. Ni siquiera indagó mi nombre, quién era yo o qué hacía en ese lugar.
Cuando me vio bajar, apenas alzó la vista y no sé muy bien por qué, pero sentí que comprendía todo mi gran desorden. Terminó de leer una nota sobre las elecciones, abrió la puerta trasera del auto y sólo se remitió a preguntar a dónde íbamos.
– Si, Carlitos es todo un caballero, dijo él mientras la seguía en su relato.
– Para mí fue más que eso. No sé. Lo sentí como una especie de mensajero, en medio del ruido sordo que genera esta ciudad. Además, minutos antes de que vos llegaras, al verme tan nerviosa se acercó despacio y me dijo: tranquila, pero recuerda que si decides no arder hoy, muchos morirán de frío.

Él miró de reojo cómo avanzaba el tiempo en el reloj rectangular que colgaba en la pared. Faltaban apenas cincuenta minutos para que saliese su vuelo. Era tanto lo que tenía que decirle. Aunque tampoco quería interrumpirla, ni mucho menos abrumarla con toda la teoría de su amigo Max. Pero necesitaba conversar con ella, hablar sobre lo que les había sucedido y proponerle además, una idea un poco más arriesgada.

Ella se detuvo en el color pardo de sus ojos, que variaban de tonalidades leves frente a la intensidad de la luz. También observó el movimiento nervioso de sus manos y se dio cuenta que, en ocasiones, se acomodaba el pelo sin que fuese realmente necesario. Reparó en los risos de su cabello, ahora algo encanecido y un poco más corto, e incluso le pareció más atractivo ver oscurecido el contorno de su rostro con esa barba rala. Recordó la primera vez que se encontraron en el microcentro de Capital y esa sonrisa de sol, cuando se cruzaron en la boletería del cine. Por aquel entonces, sus gestos eran más adolescentes y lucía mucho menos preocupado.

Él buscó sacarla de esa atmósfera silenciosa, levantó las cejas en forma dispar y de manera intencional rozó sus piernas con las suyas. Ella sintió la calidez de ese pequeño gesto como otro abrazo. Logró soltar la respiración contenida en el diafragma, bajar del todo los hombros y relajare un poco. Todavía no lograba recuperar la temperatura habitual de su cuerpo. Sentía un poco de dolor de cabeza y le resultaba difícil pensar con claridad. ¿Qué hacía allí con ese hombre que le atraía tanto, pero que quizás conocía muy poco? ¿Cómo fue posible  teletransportarse de esa manera? ¿Que tenían sus cuerpos para generar un fenómeno tan extraño como poderoso?

Sin dejar de observarla, él estiró en forma lenta su mano derecha hasta enlazar algunos dedos de su mano izquierda.
–  ¿Tenés mucho frío?, le preguntó.
–  Sí…, respondió ella y lo volvió a mirar.
– Es que ese vestido te queda un poco grande ¿no te parece?, agregó él con un dejo de ironía, mientras bajaba la mirada hacia el escote.
En ese momento, apareció el mozo del bar con una bandeja de aluminio donde apoyaba los dos cortados que habían pedido, minutos antes. Pero sin querer, tropezó con el bolso que él había dejado en el piso. El movimiento no fue tan brusco, pero uno de los café terminó totalmente derramado sobre el vestido de ella.
– Discúlpeme, dijo el mozo avergonzado, ¿La ayudo a limpiarse?
–  No!, dijo él de manera instintiva. La ayudo yo, no se preocupe.
Y acto seguido, corrió la mesa que los separaba y comenzó a secarla con algunas servilletas de papel. Ella, mientras soportaba el calor del líquido en su piel y veía cómo la mancha de café se expandía con mayor fuerza sobre la tela sedada del vestido rosa, no pudo aguantar la tentación y comenzó a reírse. Él estaba en cuclillas secando algunas gotas de café que habían quedado en su cuello. Pero cuando la escuchó reírse de esa manera tan contagiosa, le corrió el pelo hacia atrás, la miró con picardía y le dijo:
– Ahora vas a tener que lavar este vestido nuevo ¿Te das cuenta?
– Puedo llevarlo a una la lavandería muy buena, cerca de casa, respondió ella con un tono de chica traviesa.
Él desvió por un segundo la vista hacia el reloj de la pared y advirtió que daban pocos minutos para que anunciaran su vuelo. Volvió a mirarla a los ojos, se detuvo en la sonrisa fresca que delineaban sus labios y antes de besarla, le susurró: Sí, en una lavandería estaría perfecto.
El tono sensual de su voz desnudó la potencia de una nueva fantasía en su mente. Cuando apenas rozó sus labios, el deseo de los dos, esta vez los teletransportó hacia el interior de aquella lavandería de barrio, ubicada a pocas cuadras de la casa de ella.
Casi sin darse cuenta, aparecieron sentados en un robusto banco de madera, mientras el sonido acuoso de una decena de lavarropas se acoplaba al vértigo que sentían ambos, ante la posibilidad de seguir estando juntos.
Esto no puede ser normal, le dijo ella a él, mientras se seguían besando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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