En un rato salgo en el Noticiero de Internet. Hoy es mi debut, le escribió de prisa en un mail, con la fantasía de reducir los 750 kilómetros de distancia que los mantenían separados.

No se veían desde años, pero jamás pudieron dejar de escribirse. Ambos sentían una perturbadora fascinación que sólo sostenían bajo el hilo de las palabras.
Estoy en la compu. Te voy a ver, respondió ella al instante. Y a no trastabillar que queda feo, añadió con la intensión de ponerlo un poco nervioso.
A él resultaba imposible disimular la alegría cada vez que un mail de ella aparecía en su bandeja de entrada.
Haré lo posible, respondió él sin esconder nada.
Había escrito todo lo que  diría al aire. Sólo tenía que hablar sobre tres videominutos, producidos por diferentes directores de cine, que habían impactado en el mundillo de las redes, de esa semana. No era algo tan complejo y mucho menos desconocido dentro de su trabajo como crítico cinematográfico.
En 5 minutos estás al aire. Vamos que salimos, le dijo unos de los productores y sin esperar casi nada ya tenía una cámara de frente que lo enfocaba con un plano americano.
Apenas percibió la luz roja encendida, no pudo evitar imaginar que ella también lo estaba observando. Miró fijo a la cámara, imaginó sus ojos y al pronunciar la primara frase, su voz carraspeó disonante. Al intentar corregirla también trastabilló en la segunda, donde sólo tenía que dar una presentación breve, frente a la primera placa que aparecía en pantalla. (Nada estaba saliendo como lo había planeado). Tomó aire. Respiró. Miró sus apuntes y dejó pasar ese arranque desprolijo. Le cedió el turno al locutor, quien con soltura manejaba el ritmo de una transmisión en vivo. El análisis del segundo video resultó algo mejor, pero al brindar una argumentación más sólida, el mismo locutor lo interrumpió para pasar de prisa a la crítica del último rodaje. A esa altura, ya nada importaba demasiado. Se reprochó entonces por qué razón le había avisado a ella que lo mirase. ¿Qué necesidad había?
De cualquier manera, sentir ese grado de frustración lo terminó de relajar y en menos de cinco segundos, la voz grave del locutor se imponía de nuevo: Muchas gracias por el análisis. Hasta la próxima semana.
Mientras se retiraba del set y se desenganchaba el micrófono de la camisa, en su celular aparecía una nueva notificación. Era un mail de ella que decía:
Qué nervioso te pusiste! Hacía demasiado que no te veía y todo me causó mucha ternura. No es fácil la tele. Pero ojalá mantengas el espacio y te vayas soltando. Te mando besos, sin tantos nervios.
Al leerla, sus ojos recuperaron el brillo y decidió responderle sin pensar demasiado.
No me sentí nervioso en el momento… pero todo pasó muy rápido y no tuve tiempo de decir nada de lo que había preparado… Y seguramente sí, estaba nervioso…
Ya está. Hoy fue mi primer día. Espero poder ir mejorando. Besos.

Mirá…, no aclares que oscurece. Respondió ella con cierta ironía. Te callaría con un beso…. pero como estás lejos. Y quizás te ponga más nervioso.
Quizás me guste ponerme nervioso Soltó él en un tono más provocativo y seguro.
Ahora la nerviosa soy yo Dijo ella, mientras sentía un involuntario cosquilleo en la panza.

No se veían desde hacía exactamente siete años. Habían comprobado que el hecho explosivo de estar juntos les demandaba un giro de 180 grados. Asumir la tarea de emprender esos cambios les parecía un verdadero salto al abismo. Ambos creyeron que sería mucho más sencillo tapar lo que sentían y suponer que el tiempo acomodaría esa especie de milagro que los había cruzado. Sin embargo, la variable del tiempo sólo agigantó el poder de aquella sugestiva atracción que los mantenía imantados.
(Además, ese día sucedería algo inesperado).

¿Y por qué te pones tan nerviosa? Alcanzó a escribir en su celular, mientras su cuerpo se desvanecía de golpe para aparecer dentro de la habitación de ella.
Con un gesto boquiabierto, ella lo miró desconcertada. Supuso que estaba alucinando. A él le pasó algo similar. Pero al fin de cuentas, estaban solos en su habitación, con la felicidad encontrarse juntos. Él la miró a los ojos y caminó despacio hasta quedar a pocos centímetros de su cara.
No entiendo nada de lo que está pasando. ¿Cómo estás aquí? ¿Cómo entraste a mi casa?, dijo ella frente a ese extraño fenómeno qué sólo se produce por la atracción exponencial de dos personas que se aman.
Yo tampoco entiendo nada. Pero me encanta estar aquí, con vos…, respondió él de manera más serena, después de haber sido teletransportado.
Miró la hora en su celular y comprobó que el tiempo real se había detenido. Algo inusual, pero a su favor, les estaba pasando.
Sonrió. Volvió al mirarla. La tomó del cuello y comenzó a besarla. Luego la alzó con mayor firmeza para calzarla sobre su cintura, mientras ella tampoco paraba de besarlo.
Estás tan hermosa…, le susurró al oído, mientras la depositaba sobre la cama. Comenzó a desvestirla, a acariciarla. Observó la blancura de su piel, la recorrió con sus manos mientras saboreó sus pechos tersos. Ella estiró los brazos hacia arriba. Relajó su respiración entrecortada y comenzó a disfrutar de la humedad de su boca, su lengua. El calor y la textura de sus manos que no dejaban de explorar los rincones más erógenos de su cuerpo. Se amaron de manera descontrolada. Él recordó cada una de las fantasías que habían mantenido a lo largo de tantos años. Ella prefirió ni siquiera pensar y se dejó llevar por el placer que protagonizaron sus cuerpos.
Terminaron felices, pero exhaustos.
Tengo mucha sed, dijo ella después de un largo silencio. Voy a buscar un poco de agua… ¿Querés?
Si. Respondió él.
Ella se puso su camisa, disfrutó del perfume suave que conservaba la prenda y antes de salir de la habitación, lo miró de reojo. Atravesó el pasillo descalza y llegó hasta la cocina. Abrió la puerta de la heladera y sacó una botella de vidrio con agua helada. Tomó del pico tres tragos y comenzó a pensar. Miró su celular apoyado sobre la mesada. El tiempo seguía detenido. Aún no podía comprender todo lo que estaba viviendo. Abrió la casilla del mail y recién allí leyó su última respuesta.
¿Y por qué te pones tan nerviosa?
De manera casi involuntaria, apretó la opción de responder y escribió:
Y ahora que estás aquí ¿Qué vamos hacer?

La ansiedad de esa pregunta inmensa desordenó los parámetros de aquella escena.
Su cuerpo comenzó a desvanecerse de golpe, quedando ubicada a un costado del set televisivo del Noticiero de Internet. Apenas vestida con la camisa y el celular en la mano, se sintió muy incómoda en medio de una escenografía fría, rodeada de cámaras y gente que no paraba de moverse, de un lado a otro. Descolocada en ese ambiente, se preguntó…. ¿Qué hacía ella ahora en el lugar de él?
Disculpame bonita, pero te aconsejo que esperes dentro del camarín. Para la sesión de fotos con ropa interior todavía falta una hora. Antes, vienen los candidatos presidenciales y la Jefa ya confirmó, le dijo un joven de saquito rojo entallado, peinado con gomina y un portafolio de maquillajes en las manos.
Lo insólito de la situación y el tono cercano del comentario le provocó una pequeña sonrisa. Además, la idea del camarín le pareció un refugio seguro donde podría, al menos, pensar qué hacer con mayor tranquilidad.

Él esperó unos segundos en la cama y advirtió que ella se demoraba más de lo previsto. Comenzó a vestirse, mientras observó algunos libros apilados sobre la mesita de luz. En ese momento, la imaginó a ella leyendo feliz, en la intimidad de su cama. Después la llamó dos veces y ante la ausencia de una respuesta se preocupó. Tomó su celular, advirtió que el tiempo comenzaba a girar de nuevo y leyó la última respuesta que ella le había enviado por mail.
Y ahora que estás aquí ¿Qué vamos hacer?
Salió de la habitación. Recorrió toda la casa y no encontró ningún motivo para suponer que se había escapado. En ese momento, sonó el celular.
No me vas a creer. O sí –dijo ella, entre acelerada y nerviosa–. Pero sin querer, esta vez me teletransporté yo. Ahora estoy aquí, en la Capital, en tu trabajo. En el edificio nuevo del Noticiero de Internet. Qué locura!
Tranquila, le dijo él. ¿Hablaste con alguien? ¿En dónde estás?
Estoy dentro de un camarín. Pero esto no tiene ningún sentido. En dos horas llega mi hijo de la escuela y yo aquí. ¿Qué voy hacer?
Tranquila, repitió él. Yo tampoco comprendo muy bien en qué circunstancias logramos teletransportarnos. Cómo sucede o funciona esto. Pero creo que me voy a tomar un avión a la Capital. Si todo sale bien, en dos horas estoy ahí. Vos no te muevas del camarín. Llámalo a tu hijo para que no se preocupe. Yo te llevo un bolso con algo de ropa y lo que necesites para estar de nuevo en tu casa.

Al terminar la conversación, ella pensó en cómo achicar los tiempos. Una buena estrategia sería encontrarse con él en el Aeropuerto. También pensó en la posibilidad de volver a teletransportarse. Pero a su vez, se daba cuenta que ese fenómeno extraordinario no se producía de manera caprichosa. Desechó esa idea en un segundo y observó un perchero repleto de vestuarios elegantes, a un costado de la puerta. Eligió un vestido color rosa coral, unas sandalias de tiritas blancas y se maquilló de manera suave. Necesitaba mimetizarse y salir de aquel lugar, lo antes posible. Al asomarse al pasillo, dos periodistas conversaban en voz alta sobre la llegada inminente de la expresidenta.
Disculpen que los interrumpa, dijo ella de manera convincente. Es mi primer día en el Noticiero y debo maquillar a los políticos invitados. Pero mi jefe me pide que compre urgente unos productos. ¿Cómo hago para que me autoricen un auto?
Le pedís a Walter que solicite el viaje y en planta baja te pasan con el auto disponible. Hoy estás de suerte, porque está Carlitos como chofer de guardia, le respondió uno de los periodistas, casi de manera automática.
Perfecto. Preguntó por Carlitos entonces. Mil gracias. Dijo ella, sintiendo que tenía la mitad del camino allanado.

Por su parte, él había conseguido llegar al Aeropuerto provincial y reservar el vuelo hacia la Capital, que salía en 35 minutos. Con el chekín en sus manos, repasó toda la situación y se detuvo a analizar los mecanismos y las circunstancias que los llevaron a teletransportarse.
La acción de escribirse por mail, el celular, el tiempo detenido, eran algunos de los pocos elementos que ambos habían experimentado.
Sentado en la sala de embarque, recordó entonces a su entrañable amigo, Max el loco. Un investigador futurista, que había sido expulsado de la Nasa por criticar de manera pública el modelo hegemónico y la mercantilización de los protocolos científicos. Incomprendido en su anarquismo visceral, se había refugiado hacía nueve meses en Bariloche para continuar indagando sobre aquellas teorías que vulgarmente se conocen, o están relacionadas, con Los viajeros del tiempo.
– Max, es urgente. Necesito hablar con vos. Fue el mensaje que le escribió por whatsapp, con la misma desesperación que un naúgrafo lanza una botella al mar.
En el sur del planeta, Max el loco, que era un ermitaño por naturaleza, decodificó la urgencia sanguínea de aquel mensaje.
Hermano. En qué lío te metiste. En qué te puedo ayudar, le dijo Max, mientras abrían una videollamada.
Él le explicó de manera exhaustiva todo lo que había vivido durante las últimas tres horas. Incluso el detalle significativo de ver cómo se desvanecía su cuerpo y se paralizaba el tiempo. Max, que era una eminencia en el tema, no lo dejó terminar. Conocía a la perfección aquella teoría desarrollada por científicos griegos, denominada como Selene o Σελήνη (Magnetismo lunar en clave 13). Una experiencia ligada a la teoría decadimensional que sólo logran experimentar una ínfima porción de los últimos homos sapiens sapiens, capaz de sentir la energía del amor, como la única fuente transformadora y vital en todas las dimensiones.
– Necesito que me escuches, porque los dos están en peligro, dijo Max en un tono tan serio como abrumador. No es un privilegio ni un poder sobrenatural lo que les está pasando. Han intentado negar durante demasiado tiempo la energía primaria que sostiene al universo, que el hecho de teletransportarse es apenas una advertencia, o quizás la última oportunidad para comenzar hacer las cosas de manera correcta.
¿Qué significa eso Max?
Significa que de ahora en más deben hacerse cargo de los que sienten y darle un lugar a esa energía que los atraviesa y se expande. De lo contrario, la próxima vez el desorden refractario será desmedido y corren el riesgo de teletransportarse a dimensiones diferentes, sin poder regresar a su tiempo real. El presente está jodido porque las personas se niegan a sentir, a mirarse. A vincularse de manera directa y sincera. El futuro de la humanidad no estará regido bajo el desquicio enajenante del desarrollo tecnológico. La humanidad del futuro será aquella capaz de actuar y reconocer sin miedos sus sentimientos. Por lo general, cuando se presenta el amor, la mayoría de las personas experimentan una especie de pánico. Esto sucede porque todavía no hemos aprendido a manejar con equilibrio esa pulsión tan poderosa que nos lleva a sentir la felicidad en estado puro.
Pero el magnetismo que existe entre ustedes es tan elevado que –tal como lo explica la teoría griega Selene – son parte de la generación de sapiens denominada πi y tienen la misión de sentir diferente.
Max el loco, le dio detalles específicos sobre la química cerebral ligada a las pulsiones afectivas. Y si bien todo lo que decía encajaba, la primera reacción de él fue creer que era demasiado.
No te asustes, dijo Max, mientras lo veía empalidecer de golpe. No hace falta que entiendas todo ahora. Además, en 5 minutos sale tu avión y ella te estará esperando en el aeropuerto, apenas llegues.
Pasajeros del vuelo 815, con destino a la Capital, presentase en la puerta de embarque G, dijo una voz femenina desde los altos parlantes, mientras Max el loco le daba fin a la videollamada.

En la Capital, ella logró ganarse la confianza de Carlitos para estar en al Aeropuerto diez minutos antes de que llegara el vuelo de provincia. Era curioso, pero ninguno de los dos había vuelto a utilizar el mail. Repasó lo que había sucedido en últimas horas y le sobrevino además el contexto monótono de su vida en provincia.
Con el padre de su hijo tampoco se llevaba tan mal como para desarmar una historia de casi veinte años. Y a su vez, también era cierto que la intensidad de lo que acababan de vivir quedaba fuera de cualquier explicación racional o lógica. En ese momento, las puertas corredizas de la sala de espera se abrieron de par en par y ella lo vio entrar a él con el rostro algo demacrado y un pequeño bolso, que traía desde su casa.
Se conectaron con la mirada y ambos se relajaron con una sonrisa.
Y ahora¿Qué vamos hacer?, repitieron juntos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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