Las heridas supuran. Tardan en cicatrizar.
Las palabras compartidas suavizan el dolor. Aceleran los procesos. Empoderan. Desnudan nuestra fragilidad para asumir cada experiencia vivida. La valentía de mirarse y salir del rol de víctimas.
Revisar cada tramo de nuestras vidas y observar si hemos logrado aprender. Si acaso fue suficiente para no repetir aquello que nos daña. Que resquebraja nuestra propia autoestima.
Y confiar.
Primero en nosotras mismas. En aquellas intuiciones que se presentan de forma nítida. Y avanzar con entrega y gratitud.
La posibilidad de la escucha como puente. La conexión con la mirada para que ése vínculo se genere.
La catarsis. El enojo.
Esa capacidad de percibir y expresar la acetona de un momento no grato.
Poder decir no.
Poder decir sí.
Abrirnos a nuevas sensaciones y posibilidades.
Abandonar el control.
Sabernos pequeñas. Fuertes y vulnerables. Poderosas. Circulares. Solitarias. Acompañadas y en red. Sentir que las palabras sororas nos hermanan.
Saber que no somos tan distintas y a la vez, poder sonreír con ese brillo de lo singular.
Así empezamos este viaje al corazón del mundo.
Pudiendo asimilar aquello que no está previsto. Anteponiendo siempre la generosidad.
Y seguir. Confiadas. Con risas. Con intensidad.
Despegamos de esa manera.
Con un día de retraso. Con medidas de fuerzas en las líneas aéreas.  Con una escala en Buenos Aires. Con la alegría de conocer la hospitalidad de Laura. De vivir una noche de confesiones mundanas. Para luego sortear esperas y chekines en Ezeiza.
Recién ahí, pudimos despegar de nuestro país y compartir nueve horas de vuelo, para aterrizar de madrugada en el poblado y movedizo aeropuerto de México.
“Sólo el camino de superar las dificultades trae siempre recompensas” le escuché decir a  una mujer mexicana, al hablar de manera pausada con su hija adolescente.
Gravé en mi memoria aquella frase como dictamen y me dispuse a compartir, a conocer y a tomar nota. La tierra del sol nos esperaba.
Ubicada en el surdoeste de México. Al norte del Puebla y Veracruz. Al este de Chiapas. Con su costa insuperable hacia el mar Pacífico y al oeste de Guerreo, tras unas 10 horas en micro, llegaríamos a la zona originaria de los pueblos zapotecas y mixtecas. Allí, con su cerco montañoso, es el quinto Estado de mayor ocupación territorial de todo México, donde todavía perviven las huellas arqueológicas de Milta y Monte Albán.
Pero sobre todo, donde la sabiduría ancestral de un grupo reducido de mujeres diversas, disponen sus dones para acompañar la luz de cada nacimiento. Son parteras de la tradición. Chamanas de una de una cosmovisión que es necesario conocer y preservar. A través de sus ojos, de sus palabras. De sus silencios y colores, ellas se convertirían en el sinónimo de Oaxaca.
Ellas nos cobijarían para aprender y sentir las raíces de este continente fecundo.
Para no dejar de latir.
Para morir y nacer, una vez más.

 

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