Nené … ven acá! Sube a escuchar la historia de Mumi.
Muchas veces sucedía así. Yo me quedaba hasta tarde, enfrascada en notas para la Feria del Libro, mientras ellos dos se regalaban momentos exquisitos, donde Tomás se daba el lujo de alimentar en Lucía una fantasía extraordinaria. Pero Lucía siempre lo desafiaba un poco más, dejándolo boquiabierto con relatos colmados de una imaginación desbordante.
Sube, qué tienes que escuchar esto, me insistió Tomás aquella noche, con un entusiasmo inaudito.
Sin pensarlo demasiado, y ganada por la curiosidad, cerré los archivos de mi máquina y subí de prisa a investigar de qué se trataba el misterio.
Mumi, cuéntale a mamá donde estabas tú antes de nacer.
En la Fiesta de los Elefantes, respondió ella con una naturalidad admirable.
Yo sonreí un tanto incrédula, pero Tomás me lanzó una mirada fulminante, indicándome de manera tácita, que ni se me ocurriera cuestionar la belleza de la historia que, en segundos más, nos haría nuestra hija, de apenas tres años.
¿Cómo es eso Mumi?, le pregunté en un tono más neutral.
Si mami, en la Fiesta de los Elefantes. Bueno, en realidad yo, antes de nacer, era un Cupidito. Porque fui yo la que les lanzó ustedes la flecha de oro.
Aha…, le dije de manera pausada mientras abría mis ojos cada vez más grandes.
Bueno, entonces pasó que…, después de clavarles la flecha y enamorarlos a los dos, yo sabía que había cumplido mi misión.
Con Tomás cruzamos una mirada cómplice, y algo anonadados, la dejamos continuar.
Me habían preparado una despedida, mamá. Así que ahí estaba yo, en la Fiesta de los Elefantes.
Me imagino que era un lugar muy grande, le dije como para indagar un poco más sobre algunos detalles.
No mamá. Ese era el problema: El lugar era muy chico y los Elefantes bailaban moviendo la cola, entre música y globos, con bonetes en la cabeza. En el medio de la fiesta, sin querer, me rompieron las alitas y tuve que dejar todo mi equipo.
—¿Qué equipo Mumi?
Mis alitas, el arco y mis flechas, mamá. Pero también sabía que era mi despedida.
—¿Qué pasaría después?
Dejaría de ser un ángel, para venir a nacer.

Tomás me miró con ternura. Ambos no pudimos resistir la tentación de comenzar a besarla y, entre risas y mimos, elogiar su relato.
Con la Fiesta de los Elefantes, Lucía lograba desarmar cualquier explicación racional sobre el origen de su existencia, para sumergirnos de lleno en la lógica irrefutable que encierra todo tipo de realismo mágico.
Los niños, antes de nacer, son ángeles… y bailan en la Fiesta de los Elefantes.

 

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